Hacen falta muchas manos

Cada vez toma más cuerpo la idea de reforzar, mejorar y cambiar las relaciones “rural-urbano”, como forma de adaptarnos mejor al mundo en que vivimos, y al mismo tiempo sacar partido de las capacidades y responder mejor a las necesidades de los dos ámbitos. Haciendo una analogía, si en nuestra “sociedad líquida” muchas de nuestras categorías de pensamiento se diluyen, se hacen más laxas y sus fronteras se hacen más permeables, del mismo modo el mundo rural y el urbano ya no están tan netamente separados como lo han estado hasta hace unos años, sus relaciones también cambian y son un nicho de posibilidades, sobre todo y si se sabe hacer, para el medio rural.

Como ejemplo, la Conferencia sobre Políticas de Cohesión en áreas montañosas, organizada por Euromontana y que tuvo lugar en Bruselas el pasado mes de junio, apuntaba en una de sus mesas redondas la importancia de implicar no sólo a la población local, la que vive en las montañas (léase medio rural), sino también a los ciudadanos que no viven allí pero van o están allí de vacaciones. Esto es paradigmático en zonas de montaña de indudable atractivo, pero abre todo un potencial -hasta ahora no suficientemente trabajado- en tantos y tantos pueblos que, como en los de la España del interior rural, son pueblos de asueto y de veraneo para muchos emigrantes, que emigraron de los mismos pero vuelven allí, tienen casa y mantienen lazos con el lugar.

Por una parte, es cierto que son pueblos de veraneo, cuya necesidad de infraestructuras y de recursos presiona gravemente a las economías locales: los alcaldes quieren tener una pista de fútbol sala y una piscina que apenas funcionan dos meses al año, es preciso un abastecimiento de agua y una depuración dimensionadas para una población veraniega que triplica la invernal.

Pero, precisamente, el reto es que este esfuerzo no sea sólo una carga, algo que se hace sólo porque, si no, los pueblos ya no serían atractivos ni para sus antiguos habitantes. Tal vez deba entenderse como una aportación que hacen los pueblos, y la gente emigrada entienda que puede y debe aportar algo más.

Muchos ya lo hacen, y no hablo de pagar unos impuestos que son normalmente ridículos en comparación con los que se pagan en la ciudad. Hablo de los dinamizadores culturales, de quienes organizan las fiestas, la semana cultural o el festival de cine más pequeño del mundo. Otros dan un paso más allá, y se plantean su modo de vida en el pueblo: casas de turismo rural, restaurantes u otros pequeños negocios.  Otros empiezan implicándose en alguna cuestión de interés general, y terminan siendo alcaldes o concejales, lo que no siempre significa residir en el pueblo…

…Ésta ha sido siempre una cuestión peliaguda, ¿es legítimo ser alcalde o concejal de un pueblo sin residir en el mismo? Unos dirán que el compromiso por el pueblo no se mide por el tiempo que se pasa allí, otros dirán que sin vivir allí, sin pasar los largos días del invierno, no se puede conocer la realidad y las verdaderas necesidades del pueblo. De manera más amplia, el debate está en otras cosas, ¿pueden o deben los “veraneantes” opinar sobre una fábrica, un espacio natural, un cementerio nuclear o cualquier otro proyecto que vaya a ubicarse en el pueblo?  Unos dirán que quienes tienen su vida hecha en otro lugar no tienen ningún derecho a condicionar la vida de quienes residen en el pueblo todo el año; los otros alegarán motivos afectivos, de interés (ellos también viven allí, al menos una parte del año) e incluso más generales (“todos tenemos derecho a opinar, como ciudadanos”).

Sin llegar a las cuestiones más explosivas o de más calado mediático, ¿cuánto y cómo pueden o deben influir los vecinos no permanentes sobre decisiones cotidianas en materias como el urbanismo, el aprovechamiento forestal, la mejora de la red de caminos o la dotación de servicios…?

Ser capaces de crear redes de “business angels” verdaderamente útiles es otra posibilidad para aunar lo rural y lo urbano. Las redes de business angels representan típicamente una vía de apoyo a la inversión, generalmente aquella con un mayor nivel de riesgo, derivado de su grado de innovación. En un marco de redimensionamiento ético del negocio bancario -del que hemos hablado en otros posts-, conviene que existan financiadores de negocios, cuyo único objeto no sea la maximización del retorno del capital.  Digamos que el riesgo, en estos casos, no vendría dado tanto por el grado de innovación de la propuesta -que también- sino por el hecho de tener lugar en localidades y mercados reducidos, y por tanto el business angel llegaría donde el banco normal no llega.

La satisfacción de contribuir a poner en marcha negocios en el propio pueblo del que un día hubo que marchar, es sin duda una fuerza a tener en cuenta en este campo, y las zonas vacías de la España interior son lugares donde aplicar una red de “business angels”: su pasado emigrante hace que existan amplias colonias en diferentes ciudades, colonias que en bastantes ocasiones constituyen una clase empresarial y directiva de importancia, que se trata precisamente de dinamizar y ayudar a poner en marcha para convertirla efectivamente en una red útil para la financiación de proyectos empresariales en el medio rural.

Además de la financiación, otra fórmula de colaboración puede ser contribuir a la comercialización de productos del pueblo mediante estructuras puestas en marcha en la ciudad por los “hijos del pueblo” (una tienda “bio”, o un grupo de consumo, por ejemplo) o la aportación mediante el diseño de una web desde la ciudad para el negocio del pueblo…

Por mi parte, creo que sería erróneo y muy pacato renunciar a las capacidades y visión de las cosas que pueden aportar muchas personas que, habiendo emigrado en su día, conocen y aman su pueblo, y sin duda quieren lo mejor para el mismo. Las dificultades del medio rural son tales que sólo con las manos de la gente que allí permanece no es suficiente; hacen falta todas las manos.  Es más, dichas manos no tienen por qué provenir sólo de quienes en su día emigraron y por tanto mantienen un vínculo con la localidad.  Los vínculos pueden tener orígenes muy diversos: uno puede sencillamente “enamorarse” de un pueblo aunque no tenga ningún vínculo con el mismo, y eso no lo hace ni mejor ni peor que los demás.  Por todo ello, las políticas para el medio rural y contra la despoblación no tienen que hacerse sólo en el medio rural y con la gente de los pueblos, hay que hacerlas también en la ciudad y con la gente que allí vive.

En suma, y como cantaban Ana Belén y Víctor Manuel: “Para hacer esta muralla / Tráiganme todas las manos / Los negros sus manos negras / Los blancos sus blancas manos

 

 

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