¿Puede el arte luchar contra la despoblación?

Tal vez por mi formación inicial en “Letras” (que decíamos entonces), me han interesado siempre los vínculos entre la cultura – y más específicamente el arte- y el desarrollo rural. Hay mucho hecho y escrito sobre el tema.  Por ejemplo, casi todos los programas LEADER han dedicado dinero y esfuerzo a actividades culturales, a construcción de museos, ecomuseos y otras infraestructuras educativas; o a puesta en valor del patrimonio material e inmaterial. Más genéricamente, los “eventos” -por ejemplo, las recreaciones históricas- han conocido un grado variable de éxito, y siguen apoyándose desde la Administración, en la creencia de que constituyen mecanismos de dinamización y de autoestima del tejido social, promueven también la economía local (desde la hostelería hasta la aparición de negocios específicos como el textil u otras artesanías), y permiten en suma generar un desarrollo basado en los valores y en los elementos de identidad del territorio, por lo tanto más enraizado y perdurable.

El modelo y las actividades me resultan sugerentes, y además, es uno de esos nichos de colaboración rural-urbano de los que hablábamos hace unos pocos días, pero siempre se me suscitan dudas (como siempre, tengo más dudas que respuestas). No en vano, la cultura y el arte han estado, desde la Antigüedad, ligados sobre todo a la ciudad.  Lo describe muy bien el profesor Pau Rausell, de la Universidad de Valencia y especialista en estos temas:

En el ámbito de la cultura, el tamaño del territorio y su naturaleza importa. Es evidente que no permite el mismo análisis una gran metrópoli conectada a las redes mundiales de distribución de bienes culturales que un espacio rural aislado y en la periferia de los flujos de información. E importa porque la cultura, como espacio de trasiego de mensajes con contenido simbólico se beneficia en la dimensión de la creatividad de aquello que los economistas denominamos, economías de proximidad y de aglomeración, donde los creadores interactúan, se relacionan y se influyen recíprocamente. Desde la Atenas de Pericles hasta el actual Berlín o Nueva York, pasando por las ciudades italianas del Renacimiento o el París de principio de siglo XX, la historia nos ha mostrado espacios geográficos en donde no sólo se concentran físicamente los genios creativos, (…) sino que también resulta bastante conveniente que se concentren los potenciales demandantes de manera que tengan sentido ofertas definitoriamente minoritarias y que tenga sentido construir infraestructuras de exhibición y distribución acordes a las necesidades de escala. Es por todo ello que la palabra cultura, entendida en su acepción de creación, producción, distribución y consumo de bienes y servicios culturales ha estado tradicionalmente ligada a la palabra ciudad.

 A la vista de ese evidente carácter urbano de la cultura y del arte, uno se preguntaría, ¿qué papel juegan, y qué potencial para el desarrollo tienen, las actividades y producciones artísticas que tienen lugar en esos “espacios rurales aislados y en la periferia de los flujos de información”?

Por ejemplo, el pequeño pueblo de Aladrén, en la Ibérica zaragozana, está promoviendo la intervención artística en lugares del pueblo, a través de artistas seleccionados por un jurado. No es nada nuevo, ni mucho menos: hace más de 20 años ya promovió algo muy similar mi amigo el escultor Florencio De Pedro, en el parque escultórico de Hinojosa de Jarque, su pueblo natal. En el Valle de Hecho, ha quedado el museo de escultura al aire libre, que promovió Pedro Tramullas entre 1975 y 1984. En todos los casos, el entorno del pueblo se embellece y cambia ante la presencia de esas esculturas en medio del campo; durante unos años se celebran simposios de escultura que atraen a artistas, amigos, curiosos y turistas; se genera una cierta publicidad, se busca que venga un turismo “de calidad”… ¿Y después?

En algunos casos, se espera crear esa “economía de proximidad y aglomeración”, intentando que los artistas echen raíces, o al menos se asienten en el lugar durante una temporada; después se constata que esto es muy difícil, tanto por las dificultades intrínsecas para llevar a cabo un proyecto vital y profesional a nivel individual, como por la falta de un “entorno favorable” para ello.

Habrá quien dirá que sólo quedan allí catedrales en el desierto, o que el esfuerzo no vale la pena. Por el contrario, habrá quien diga que no es necesario “vender todo”, que la implantación de unas esculturas o la restauración de una ermita no tienen por qué tener un retorno económico en forma de turistas, sino que ya está bien si aportan autoestima y auto-reconocimiento a la población local.  En este sentido, prefiero este tipo de iniciativas de poco dinero, basadas sobre todo en el impulso de la gente del lugar (como las ya mencionadas, o como el festival de cine más pequeño del mundo), o incluso iniciativas un tanto confusas (a mi modesto entender) como el LAB958 de Soportújar (Granada), a tantos proyectos megalómanos que consumen millones de euros de dinero público…eso sí que son catedrales en el desierto.

Pero, entonces, ¿hay casos y recetas para el éxito? ¿Puede sustraerse las experiencias de arte y desarrollo rural a ese “el tamaño importa” que constatan los especialistas?” Creo que sí; personalmente, comparto con los lectores el caso del Centre d’art i cultura de la Vall Farrera, que tuve ocasión de conocer hace ya 20 años, y veo con ilusión que ha crecido y se ha consolidado como un centro de referencia vinculado al arte, en lo profundo del Pirineo de Lleida; y el pueblo ha pasado de 89 habitantes en 1986 a 126 en 2016. ¿Qué elementos serían distintivos para el éxito?  A bote pronto, destacaría los siguientes:

  • Visión estratégica, que no queda sólo en una restauración o en un certamen.
  • Enfoque orientado a la formación.
  • Unión rural-urbano, donde hay colaboración desde el Ayuntamiento y aportación de know-how y contactos desde el mundo urbano.
  • Visión internacional y trabajo en red.
  • Estructura mixta, con gestión y financiación de origen público, privado y del tercer sector; diversificando riesgos y responsabilidades.

Por todo ello, y parafraseando a Blas de Otero, creo que el arte, como la poesía “son un arma cargada de futuro”, pero eso no quiere decir que el futuro venga dado: un ejemplo como Vall Farrera nos da una idea de algunos pasos imprescindibles para convertir la ilusión en un futuro tangible.

Advertisements

3 thoughts on “¿Puede el arte luchar contra la despoblación?

  1. Me guatan tu prosa y tus ideas Un fuerte abrazo

    El 4 de octubre de 2017, 11:03, Miguel A. Gracia Santos escribió:

    > consultoraeuropea posted: “Tal vez por mi formación inicial en “Letras” > (que decíamos entonces), me han interesado siempre los vínculos entre la > cultura – y más específicamente el arte- y el desarrollo rural. Hay mucho > hecho y escrito sobre el tema. Por ejemplo, casi todos los pro” >

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s