Hegemonía cultural, población y poblamiento.

Me permitirán los lectores que hoy haga un ejercicio de franqueza aragonesa, y plantee las cosas con claridad absoluta o, si quieren, que haga de abogado del diablo.  Creo que resulta interesante, para no engañarnos demasiado (que tendemos a hacerlo…) cuando la realidad tiene una pinta que no nos gusta.

Seamos francos: ¿ustedes creen de verdad que alguna vez se van a “repoblar” los pueblos y aldeas del interior español?   ¿ustedes creen de verdad que la gente, y aún más la gente joven, que está en las ciudades, se va a plantear su futuro en un pueblo perdido de Soria, de Teruel o de Orense…, por mucho que en la ciudad vivan en la precariedad y en las dificultades permanentes para construir un proyecto de vida…?  ¿ustedes creen de verdad que los inmigrantes que, en muchas ocasiones, se han jugado la vida en busca de un futuro mejor, se van a conformar con cuidar ovejas en uno de esos pueblos perdidos…? ¿creen realmente que el hecho de haber dejado atrás el hambre y la desesperación es suficiente para que se planteen -o den por bueno- un proyecto de vida en uno de esos pueblos…?

Hago expresamente las preguntas con rudeza, y vean que no hablo de “medio rural” sino de “pueblos”, y me permito un cierto ensañamiento al hablar de “pueblos perdidos”.  ¿Por qué?  Porque creo que, cuando se habla de despoblación, hemos de tener en cuenta dos aspectos no siempre considerados (o que no se quieren ver):

El primero es el de la “victoria cultural” de la ciudad sobre el campo: hace casi 100 años, Gramsci ya acuñó el concepto de “hegemonía cultural”, explicando de manera brillante cómo el discurso de la clase dominante es culturalmente asumido por el conjunto de la sociedad, incluyendo los perjudicados por dicho discurso.  De este modo, el éxodo rural en España (que, hasta los años 40 más o menos, no había sido muy distinto del vivido en otros países europeos), se acelera y alcanza un ritmo de “vaciado”, pero ese proceso -que responde, entre otras cosas, a la falta absoluta de perspectivas en muchos pueblos-, se alimenta también culturalmente: la ciudad es el futuro, y los pueblos son lugares malditos, donde solo quedan los mediocres, los atrasados o los bobos.  Este discurso se da en clave de drama (Buñuel y sus películas sobre las Hurdes, el Pascual Duarte de Cela…) o tintes de comedia (las películas de Paco Martínez Soria).

Y esa victoria cultural pervive claramente hoy en día, como se aprecia en los reportajes sobre Miravete de la Sierra (“el pueblo donde nunca pasa nada”, con sus habitantes reducidos al papel de “paletos/ratones de laboratorio” observados con suficiencia y superioridad por los publicistas de la ciudad), en el tono tremendista y oscuro del exitoso “La España vacía” de Sergio del Molino, en los anuncios de la fabada en TV, o en la moda del turismo rural, tan promovido en nombre de la “multifuncionalidad” del espacio rural, pero cuyo leit motiv es que el campo y sus habitantes quedan reducidos a piezas de un parque temático que ha de estar a la medida, gusto y expectativas del turista urbanita.

Por contraste, es significativo que en Francia la vida y el medio rural estén mejor valorados y considerados por el conjunto de la población.  Y que los pueblos estén vivos.  Pero hay que recordar que Francia es una democracia avanzada, que vivió revoluciones desde finales del siglo XVIII, y que eso separó totalmente su trayectoria de la de una España de cabeza cana, sumida en la apatía de sus oligarquías.

En las circunstancias descritas, esperar que, por pasar dificultades económicas, los millenials nacidos y criados en la ciudad van a abandonarla para irse a vivir a los pueblos, es sencillamente iluso, al menos como planteamiento general o estratégico, y creo que los esfuerzos han de centrarse, más que en pensar en atraer nuevos pobladores -que siempre serán testimoniales- en mantener lo que hay, a los jóvenes que están en los pueblos, que han nacido en ellos y que tienen la mentalidad y el gusto por vivir allí.  Por eso es tan importante el relevo generacional en las explotaciones agrarias, o acabar con muchos derechos históricos de la PAC que impiden el acceso a las ayudas a esos jóvenes, por ejemplo.

Y ahora el lector dirá, “¿mantener a los jóvenes…? ¿y qué hacemos entonces con los pueblos donde ya no hay jóvenes…?”  Aquí viene el segundo de los aspectos que iba a tratar.

Se trata de confundir despoblación y despoblamiento.  Es cierto que el medio rural pierde población, pero hay unos pueblos que se mantienen -porque tienen cierta actividad económica, porque hay una empresa que da trabajo a una serie de personas, por ejemplo-, mientras los pueblos de al lado cierran.  Al final, como recuerda acertadamente el profesor Luis Antonio Sáez, lo que se despuebla no es “el  rural”, son pueblos, pueblos concretos.

Hay que recordar que el modelo de poblamiento tradicional, de pueblos y aldeas y pedanías y alquerías y masías repartidas por todo el territorio, correspondía a un modelo de origen medieval, basado en la falta de movilidad y en la necesidad de estar totalmente a pie de la tierra de labor.  Hoy en día, con el coche y el tractor, sencillamente no hace falta estar “atado a la tierra” y ese modelo de poblamiento ha perdido por tanto su funcionalidad; se puede trabajar en un lugar y vivir en otro (lo hacen todos los días miles de personas en las áreas metropolitanas).  Por lo tanto, es igualmente iluso y fuera de la realidad pensar que todos los núcleos de población han de mantenerse; más bien estarán, como mucho, habitados a temporadas.  Los yacimientos arqueológicos (la historia) nos hablan de tantas ciudades y pueblos que han existido antes que nosotros (en la época ibera, romana o musulmana) y en un momento dado desaparecieron, y muchas veces, no por una guerra o cualquier otro acontecimiento traumático, sino simplemente porque habían perdido su función económica con el paso del tiempo.

¿Quiere decir, todo lo anterior, que hemos de bajar los brazos, asumir la victoria cultural de la ciudad sobre el campo, y asumir fatalmente el cierre de pueblos…?  No necesariamente. Simplemente hemos de ser conscientes del campo de juego y de la correlación de fuerzas.  Siempre surgirán -y hay que animar- iniciativas de dinamización y recuperación de pueblos, jóvenes urbanos que decidan forjar su proyecto de vida en un pueblo, iniciativas económicas y de servicios, formas novedosas de prestación de servicios de proximidad, fórmulas de colaboración entre vecinos y Ayuntamientos, entre todos ellos y gentes de las ciudades…todo ello merece aplauso y demuestra que hay pulso en las zonas rurales.

No obstante creo que, a largo plazo, la desaceleración (que no reversión) del proceso de despoblación del medio rural pasará por la desaparición de muchos núcleos y la concentración de la población en cabeceras y subcabeceras de comarca, que dispongan de un nivel de servicios más amplio y de más calidad, para desde ahí gestionar el conjunto del territorio, mediante un uso generalizado de tecnologías digitales (las cuales reducen la necesidad de la presencia física y el papel de la distancia en nuestras vidas).  Obviamente, esto provoca un muy comprensible desasosiego en muchas personas, de todas las tendencias, que ven en esa pérdida de núcleos de población -léase, en el cierre de su pueblo- la pérdida de parte de su identidad y una sentencia de muerte para el mundo rural.  Pero tal vez, tremendismos y querencias aparte, las decisiones políticas deban afrontar las cosas con realismo, y tocará pensar qué camino tomamos: o mantener todos los pueblos hasta su colapso, o mantener el medio rural en su conjunto, con menos núcleos, pero vivo y dinámico.

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2 thoughts on “Hegemonía cultural, población y poblamiento.

  1. Miguel!! si no la has visto ya,.. busca la peli “El cielo gira” sobre la llegada de desarrollo a un pueblo soriano, de Mercedes Álvarez (directora también de “En construcción”).. dos de mis pelis favoritas..

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