¿Quién gana con la despoblación?

Cuando escribo estas líneas tiene lugar en Aragón la presentación de la Estrategia sobre la Despoblación. Desconozco su contenido, de modo que no voy a entrar a valorarla.  En cambio, sí me permito compartir con los lectores algunas dudas y reflexiones que me asaltan últimamente, en relación con la despoblación, y con el tratamiento que se le da.  Todos los análisis (desde la Administración, a los agentes sociales, el mundo de la investigación….), todas las expresiones del cuerpo social (plataformas, asociaciones, políticos de todos los colores, profesionales, ciudadanía en general…) dan a entender que la despoblación es un fenómeno fruto de procesos sociales, económicos y políticos inaprehensibles (el olvido, la marginación, el sistema…) sobre los cuales hay un escaso o nulo margen de actuación, todo lo cual nos lleva a actuar sobre los síntomas, más que sobre las causas estructurales.  A su vez, (y esto es el meollo de mi reflexión), se da a entender que la despoblación supone una lacra para toda la sociedad, para todo el país, es decir, un fenómeno “lose-lose” (“perder-perder”, o “nadie gana”).  En teoría de juegos, una situación “nadie gana” es una situación en la que ningún jugador se beneficia de cualquier resultado, por diversas circunstancias.

Podemos establecer la analogía con otro fenómeno de nuestro tiempo, el cambio climático: hay quien percibe el cambio climático como una situación “nadie gana”, en el sentido de que todos los habitantes del planeta vamos a sufrir las consecuencias; sin embargo, es evidente que hay ganadores en el actual escenario de cambio climático: ganan mucho las grandes corporaciones vinculadas a los combustibles fósiles, pero también ganan -menos – las cuencas mineras que pueden seguir extrayendo carbón, o ganan las grandes empresas de transporte internacional que nos llevan de un lado a otro en vuelos “low cost” (bajo coste para nuestro bolsillo, alto para el planeta), o las corporaciones que deslocalizan sus producciones industriales y luego transportan sus productos a mercados del mundo entero…  Esto explica por qué, tras sucesivas cumbres sobre el clima y tras decenios de evidencias científicas sobre el tema, se siguen quemando con ahínco combustibles fósiles y buscando petróleo y gas en los últimos rincones del planeta (ahora, más que nunca, con el beneplácito negacionista de la actual Administración de los EE.UU).

Creo que este análisis también podría ser aplicable a la despoblación. La pregunta es: ¿se hubiera sostenido a lo largo de decenios un proceso tan sangrante, si todos los actores -insisto y subrayo, todos-, perdieran con dicho proceso…?.  Invito a los lectores a reflexionar un momento: si todos, todos, todos los implicados, dentro y fuera de los territorios rurales, hubieran perdido con la despoblación, ¿habríamos aguantado casi 100 años de pérdidas demográficas, los últimos 60 de ellos, a ritmo de sangría…?  La respuesta es no, salvo que fuésemos una sociedad absolutamente estúpida.  Y si es no, significa que alguien ha ganado o está ganando con este proceso, o, al menos, tampoco pierde mucho ¿quiénes? Entre otros, y de una manera u otra…

  • Empresas e industrias localizadas en las áreas urbanas que se encontraron y se encuentran con un “ejército de reserva” proveniente del medio rural, para tirar a la baja los salarios. Éste es un fenómeno perfectamente descrito por Karl Polanyi en “La gran transformación”, para la Inglaterra de la Primera Revolución Industrial, y su análisis es plenamente válido para explicar el éxodo rural de los años 50, 60 y 70 (el “Gran Trauma”, en expresión de Sergio del Molino en su libro “La España vacía”).
  • Empresas interesadas, bien en la explotación abusiva de los recursos naturales, bien en el uso del medio rural como vertedero o patio trasero. Esto servía en cierta época para las empresas que construyeron embalses mientras la Guardia Civil arrojaba a los habitantes, pero sirve también para quienes quieren crear cementerios nucleares, mega-granjas de 20.000 vacas lecheras o delirantes proyectos de fracking.
  • Oligarquías locales cuya palanca de poder reside precisamente en controlar el escaso mercado de trabajo -público y privado- existente en los territorios rurales, usándolo a menudo como prebenda política y laboral.  No son casuales, (y qué poco se habla de ellas) las puertas giratorias tan habituales en el medio rural, entre las empresas locales, comarcales y provinciales, y los puestos de decisión política al mismo nivel. El hecho de que controlando un número relativamente bajo de personas, pueda controlarse un resultado electoral, contribuye decisivamente a este fenómeno.
  • Acaparadores de tierra y de ayudas a la agricultura, profesionales del cobro de la PAC y “agricultores de sofá”.  Un 79,3 % de los beneficiarios de la PAC de la Europa de los Veintiocho percibieron en 2014 menos de 5.000 euros anuales, con un importe equivalente al 26,6 % del total de las ayudas directas abonadas con cargo al FEAGA. En cambio, un porcentaje muy reducido de las explotaciones (126.330 de un total de 7,5 millones, es decir, un 1,69 %) percibe más de 50.000 euros, con una cantidad total equivalente a 13.200 M€ (el 31,6 % del total de las ayudas directas abonadas en 2014).  Este fenómeno se repite a todas las escalas: estatal, autonómica y local, y ha sido objeto de debate y denuncia en la prensa.
  • Una Administración estatal que desde siempre -esto no es nuevo- concibe la dotación de servicios e infraestructuras en términos de gasto, sujeto a economías de escala y de acumulación, y que por tanto encuentra más interesante agrupar la población en unos pocos polos, para reducir costes de mantenimiento, por un lado, y hacerlos más atractivos para el sector privado, por otro.

Expuesta esta lista no exhaustiva, la siguiente pregunta es evidente, ¿cómo se ha podido mantener durante tanto tiempo, y se sigue manteniendo, esta situación? En mi humilde opinión, las aportaciones analíticas de Antonio Gramsci -bastante de moda últimamente-, ofrecen una gran capacidad explicativa de este fenómeno.  De hecho, no conviene olvidar que Gramsci provenía de Cerdeña, una de las regiones más rurales, pobres y subdesarrolladas de la Italia de su tiempo.

Efectivamente, en términos gramscianos, este grupo que “gana con la despoblación” constituiría un “bloque hegemónico”, bloque que no sólo contaría con la hegemonía económica, política y social, sino también y sobre todo con la hegemonía cultural, de modo que es este bloque el que construye el discurso que se vuelve hegemónico y es asumido por el conjunto del cuerpo social.

Podemos trazar algunos rasgos de dicho discurso hegemónico. Para empezar,  es victimista, porque el victimismo permite crear un “enemigo” ajeno al territorio (la contraposición nosotros/ellos que efectúan todos los populismos, de los que tanto se habla hoy en día) y alarga sine die la solución a los problemas…; el discurso hegemónico habla de infraestructuras (autovías, AVEs, mega-polígonos industriales o aeropuertos…), porque es en el sector de la construcción donde una gran parte de las oligarquías tienen sus negocios, y debatir las infraestructuras de nuevo sitúa el campo de la decisión fuera del territorio (Bruselas, Madrid, Zaragoza,…) y de nuevo alimenta el victimismo.  El discurso hegemónico, en general, pide dinero (“fondos”, “subvenciones”, “exenciones”) para solucionar la despoblación, cuando hemos explicado en otros posts que no se trata de dinero (máxime, después de todo el que ha llegado), pero de nuevo, el hablar de dinero sitúa el campo de la decisión fuera del territorio, y de nuevo alimenta el victimismo…como en “El día de la marmota”, reviviendo la misma situación una y otra vez…

Asimismo, el discurso hegemónico se basa en una visión diacrónica del desarrollo (el desarrollo por etapas, al estilo de Rostow, visión concebida en los años 60 del siglo XX y que ha sido ampliamente superada por la realidad), a pesar de lo cual, se reproduce en medios de comunicación comarcales y regionales, y no ha cambiado sustancialmente en los últimos cien años, convirtiéndose más bien en un mito (y los mitos, recordemos, no necesitan  justificación; basta con creer en ellos).

Además, el discurso hegemónico es esencialmente masculino: la mujer ocupa una posición secundaria, en el mercado de trabajo, en la explotación agraria, en la concepción del modelo de desarrollo, y todo ello se construye a base de estereotipos y de juicios morales.

Salirse de este discurso hegemónico no es fácil: se le tilda a uno de “enemigo del pueblo”, de ser una “mal soriano, turolense o egabrense… (pongan aquí el gentilicio que consideren)”…y si, además, los motivos tienen que ver con el medio ambiente, tendrá que escuchar lindezas como “os importan más los pájaros/árboles/plantas/ que las personas”, o “el verdadero ser en peligro de extinción es el hombre”…En general, afrontar un debate que ponga en cuestión este discurso y construir de manera serena una alternativa se hace muy complicado, y los procesos participativos impulsados -de buena fe en algunos casos, me consta- desde algunas administraciones, en ocasiones contribuyen más bien a reproducir y reforzar el discurso dominante, con los resultados ya conocidos. Pero, como he señalado en alguna ocasión, si queremos construir un discurso distinto, unas respuestas distintas, tendremos que empezar por hacer preguntas también distintas.

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