Ser rural en tiempos de Netflix

Hablando últimamente con padres y madres de cierto poder adquisitivo e hijos adolescentes, una queja reiterada por parte de los primeros era que, ante la oferta de viajes o vacaciones a lugares paradisíacos o únicos en el mundo, sus hijos respondían con cierta displicencia y, prácticamente solo preguntaban una cosa: “¿Hay wifi…?”. Dejando aparte la abulia propia de ciertos jóvenes acomodados que lo tienen todo hecho, es cierto que, en un mundo en red e hiperconectado como el actual, el dejar de estarlo -aunque sea para unos pocos días- representa un obstáculo aparentemente insalvable para muchas personas, sobre todo jóvenes, que no ven compensación en el supuesto atractivo del plan propuesto (ya sea un viaje al Caribe o a esquiar en los Alpes…).

Este hecho concurre con otros que vemos de manera más cotidiana.  Por ejemplo, desde hace unas semanas está en el candelero la película “Roma” producida por Netflix y que se emite a través de esta plataforma digital.  El “candelero” en cuestión es, también, sobre todo digital: hay más de 27 millones de referencias en Google a esta película.  Lo que sucede es que esa película es “invisible” para una gran parte de la población del medio rural, que no tiene acceso a Internet lo suficientemente potente como para ver Netflix en unas mínimas condiciones.  Yo mismo me fijo en mi hijo de ocho años, viendo a diario casi dos horas de televisión digital (Netflix, Youtube u otras plataformas), y me pregunto: ¿sería capaz de vivir en un pueblo donde este recurso, sencillamente, no existiese? ¿con qué lo compensaría? ¿con qué otras cosas jugaría? ¿bastaría la presencia de otros niños -si los hubiera-, para compensar esta ausencia? Y más aún, ¿crearía esta ausencia de contenidos una dificultad posterior de inserción en la sociedad digital…? ¿cómo podría integrarse en una sociedad que recibe la mayor parte de sus inputs culturales, sociales, económicos…por vía digital, si no ha tenido un acceso fluido a dicha vía…?

Como sucede en muchas ocasiones, el debate llega tarde al medio rural, y no sólo en España, o en Europa: también en USA, donde 34 millones de norteamericanos tienen un deficiente acceso a Internet.  Estamos preocupados por la infraestructura -por la banda ancha-, por sí misma (igual que por la carretera por sí misma); es decir, estamos ocupados por el continente, pero muy poco por el contenido.  Los ilusos que creen que la despoblación es solo una cuestión de “empleo” o de “empresas”, piensan en la banda ancha como herramienta para atraer determinadas actividades económicas (siempre se habla de arquitectos, de consultores, de programadores o de otras profesiones liberales, pero no sé yo si conozco, al cabo de tantos años, algún caso real de profesional de este tipo asentado en un pueblo perdido…).  Pero no se piensa en ella como lo que es, sobre todo: un vehículo para ensanchar nuestra visión del mundo, y una herramienta de socialización.  Ahí, en los aspectos sociales y culturales, mucho más que en los económicos, es donde radica la verdadera “brecha digital”.

Igual que la gente que vive en las ciudades, la gente de los pueblos también puede querer wasapear, tuitear, tener amigos en Facebook o en Instagram, comprar en Amazon, ver películas y consumir series en Netflix o HBO o Filmin, leer prensa digital, ligar en Tinder o jugar a Fortnite o a Minecraft con amigos lejanos…la gente de los pueblos quiere formar parte de la red.  Lo que no quiere decir que todo lo que venga de la red sea bueno, ni que cree el mejor de los mecanismos de socialización.  De hecho, ya hay autores que muestran su escepticismo hacia los modelos de sociedad creados en torno a las redes sociales y al mundo digital en general.

Por ejemplo, es cada vez más evidente el papel jugado por los gigantes del comercio por Internet en la desaparición del comercio de proximidad (tanto urbano como rural), pero a su vez es indudable la cantidad y calidad de productos y servicios a los que se puede acceder por esta vía.  En otro ámbito más filosófico, el pensador coreano (afincado en Alemania) Byung-Chul Han, se muestra muy crítico hacia ese “enjambre digital” en que se convierten las sociedades digitales. Sociedades de la “transparencia obligatoria”, cuyos individuos se muestran impúdicamente en la red, pero a su vez son incapaces de construir un “nosotros”, un sujeto colectivo que trascienda lo transitorio y accesorio y sea capaz de engendrar un “futuro”; es decir, que son incapaces de crear verdadera comunidad.

Ante esto, tal vez cabría otra posibilidad: convertir el “aislamiento” de las redes en un ejercicio de “militancia activa” por otro modelo de convivencia.  Hacer buena la noción de “aldea gala”, que se resiste al invasor-uniformador digital, para reivindicar una forma de vida mucho más próxima, más comunitaria, donde todos son individuos con nombre y a la vez constituyen un “nosotros” capaz de hacer cosas juntos.  Tal vez sea más “humano” vivir en una pequeña comunidad, donde todos se conocen y tienen nombre y apellidos, que vivir en una inmensa soledad rodeada de gente, mientras cada uno se aísla en el mundo que le llega a través de su Smartphone…Tal vez sea más colaborativa “de verdad” la economía comunitaria de muchos pueblos pequeños, que el modelo Uber de monetización de datos y explotación de los individuos…

El reto es, en suma, ser capaces de adoptar los aspectos más interesantes y positivos que podría ofrecer la red (inmediatez, ampliación de la cosmovisión, tolerancia, apertura…), pero manteniendo los aspectos positivos de la vida vis a vis en una pequeña comunidad: nombres y apellidos, empatía, proximidad, colaboración…

Pienso en la experiencia de los teleclubes de los años 60, como forma de hacer llegar la televisión y todo lo que conllevaba, manteniendo el carácter comunitario de los pequeños pueblos.  Pienso en la necesidad de definir mecanismos de participación ciudadana y de buena gobernanza para que los smart villages sean eso precisamente, pueblos inteligentes (en el sentido de ser capaces de resolver los problemas de sus habitantes), y con una adecuada dotación tecnológica, al servicio de la gente, complementaria y no sustitutiva de sus redes personales.

 

 

 

 

 

 

 

 

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