¿A quién le importa la despoblación?

En estos días, en los que resulta evidente que no va a haber fondos específicos de la UE para la despoblación, y en los se ha alegado insensibilidad ante esta cuestión, cabría ir un poco más allá, y preguntarse abiertamente, ¿a quién le importa la despoblación? ¿realmente le importa a alguien?

La cuestión no es baladí: quienes viven en zonas despobladas, sus representantes públicos o sus creadores de opinión, tienen tendencia a pensar que, como para ellos es un problema, lo es para todo el mundo, o al menos debería serlo, y en función de esa “superioridad moral” se piden soluciones (o más bien, se pide dinero). Sin embargo, más bien hay que pensar que la despoblación no es un problema para nadie más que para los que la viven de cerca.  Para el conjunto de la sociedad (sus representantes públicos o sus creadores de opinión…) no lo es.

Un ejemplo muy evidente lo tenemos en el barómetro del CIS, que mes a mes viene preguntando a los españoles por los que consideran “los principales problemas de España”.  Ahí están o han estado problemas como el paro, el terrorismo, la corrupción, la inmigración…pero la despoblación no está, no existe, no está en la lista de problemas; y los problemas del medio agrario y ganadero suscitan una preocupación testimonial (en torno al 0,2%). Y esto es central: la primera condición para resolver un problema es reconocerlo como tal, y esto no sucede en España.  Y no olvidemos que Europa siempre pide, para tener en cuenta una cuestión de este calibre, que sea una “posición de Estado”.

España es una sociedad urbana, cada vez más urbana y cada vez más ajena al medio rural. Quienes nacieron en los pueblos y emigraron a las ciudades entre los años 50 y 70 son ya ancianos; sus hijos y sus nietos tienen lazos cada vez más laxos -cuando no inexistentes- con sus pueblos de origen.  Es una sociedad que no está orgullosa de sus raíces rurales -como sí lo está Francia, por ejemplo-, que se rige y piensa con parámetros claramente urbanos.  Eso implica que el campo se ha convertido en una supuesta Arcadia feliz, profundamente caricaturizada, donde practicar turismo rural, comer fabada y disfrutar de la lejanía de la ciudad, como ha caracterizado tantas veces la publicidad. Un lugar para ir de visita, pero no para vivir.  El paternalismo, el neocolonialismo, o el culturalismo están a la orden del día en las relaciones urbano-rural.

La despoblación se asoma solo a las páginas de sociedad, donde conceptos tan periodísticos como la “Laponia del sur”, la “España vacía”, la “demotanasia” y demás expresiones tremendistas encuentran su titular, para lectores ávidos de noticias sensacionalistas, que cabecean asombrados…y a continuación pasan página: una noticia curiosa sobre algo que no tiene remedio, sobre algo “natural”, porque, como me preguntaba con toda naturalidad una amiga de Madrid y que vive en Bruselas, cuando le explicaba estas cuitas de la despoblación: “¿Y qué pasa, si se despuebla? ¿pasa algo…? ¿está mal?”.

Reconozco que me quedé un tanto parado: acostumbrado a vivir en un entorno donde este problema preocupa, no había caído en que podía “no preocupar”. Pero es así.  Y ello nos lleva a un debate ético y posiblemente de largo plazo: cuando determinadas cuestiones no se perciben como un problema (y menos como un problema que nos afecte directa y personalmente), tal vez la ética nos oriente sobre cómo enfocarlo.

Y en esto nos queda mucho por construir: no existe una “ética de la despoblación”, por así decirlo, no se ha construido un aparato moral previo que alimente después las decisiones políticas y con ello las de asignación de recursos escasos (dinero, profesorado, servicios, etc…). Recurrimos a la Constitución (la igualdad de todos), pero no es suficiente; o recurrimos al victimismo (algo así como afear a una sociedad o a unos políticos que “dejan morir” los pueblos, como quien deja morir a alguien “como a un perro”) y tampoco es el mecanismo para generar empatía o complicidad con el mundo urbano…no tengo soluciones concretas ahora mismo, pero creo que es un factor que olvidamos muy a menudo, y sobre el que se debe profundizar, como forma de construir esa imprescindible alianza rural-urbano, que no puede ser solo económica, turística o funcional, sino que tiene ser, también, moral.

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