Economía colaborativa para el desarrollo rural

Sharing economy collaborative peer-to-peer mesh consumptionEl término “economía colaborativa” despierta emociones contrapuestas. Para algunos, es el proceso en que se difuminan las fronteras entre “productor” y “consumidor”, propias del paradigma económico tradicional, para dar lugar a un nuevo modelo que trasciende el afán de lucro para moverse por otros criterios (sociales, ambientales, cívicos…): la world energy web, el trabajo en red, la proliferación de fórmulas de periodismo digital…irían en esta dirección.  Para otros, la “economía colaborativa” es la forma amable y “progre” de llamar a la competencia desleal y a la evasión fiscal en las actividades económicas, con consecuencias localmente graves para determinados sectores: la guerra entre Uber (y otras plataformas de movilidad compartida) y los taxistas de las grandes ciudades, o el enfado del sector hotelero con la proliferación de webs de intercambio de casas particulares, son ejemplos de esta otra visión.

El interés (y la preocupación) por la economía colaborativa está también en las instituciones europeas. En diciembre pasado, el Comité de las Regiones presentó su Dictamen titulado “La dimensión local y regional de la economía colaborativa”.  En él se alude, precisamente, al enfoque excesivamente comercial que está dando la Comisión Europea a este fenómeno, y requiere sin embargo que se adopte un enfoque holístico (económico, pero también político y social).  De este modo, reconoce que la organización de la economía colaborativa puede responder a lógicas de mercado, pero normalmente, se rige más por un compromiso social.  Esto ha contribuido a que, desde el lobby de la economía colaborativa, haya una vision positiva de este Dictamen.

No obstante, el CDR establece el “tamaño” de las iniciativas como un criterio fundamental a la hora de intervenir y regular este fenómeno, y por otro lado pide distinguir entre actividades con y sin fines de lucro. Asimismo, está distinguiendo entre iniciativas “inter pares” y aquellas donde el intermediario controla el proceso (normalmente con un precio…).

Llama la atención que el CDR hable literalmente de “vuelta atrás” o de “tradiciones y modelos económicos antiguos”, incluyendo bajo este epígrafe las economías cooperativa, social, y solidaria; la producción artesanal y la economía de los comunes…Cuando más bien, las instituciones deberían reflexionar sobre qué está sucediendo para que la gente se auto-organice, al margen del modelo económico y el marco institucional –y europeo- vigente, que terminan poniendo las cosas realmente importantes (la comida, el transporte, la energía, las comunicaciones, la salud…) en manos de grandes oligopolios, cada vez más alejados de las necesidades e intereses de mucha gente y de muchos territorios. Es evidente que las malas prácticas han de ser vigiladas y evitadas, pero es significativo que esto se pida a un fenómeno todavía incipiente y de distribución territorial y sectorial muy desigual, cuando las malas prácticas (sociales, ambientales, laborales, fiscales…) están a la orden del día en el modelo actualmente vigente.

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En nuestra opinion, el CDR parece estar más preocupado sobre el efecto a corto plazo en determinados sectores significativos y con capacidad de presión en la escala local, olvidando que el fenómeno colaborativo puede ser una excelente manera de dar respuesta a las necesidades de bienes y servicios por parte de muchas capas de población, y también por parte de territorios –rurales, despoblados, envejecidos- que son poco atractivos para el actual modelo de producción, distribución y consumo.

Por ello, sí compartimos la propuesta del CDR de desarrollar programas educativos y de sensibilización sobre el potencial de la economía colaborativa, así como de estrechar la brecha digital (puesto que la economía colaborativa se basa en el intercambio de información a través de la red y de soportes tecnológicos), y la necesaria conexión entre este tipo de economía y una nueva vision de la gobernanza local (urbana y rural) . En otras ocasiones, hemos hablado sobre la necesidad de “innovación social”, de “pensar fuera de la caja” para afrontar la prestación de bienes y servicios en nuestros territorios rurales.  La economía colaborativa es una herramienta más de esa “mochila” con la que explorar los nuevos dominios todavía ignotos de la economía rural del siglo XXI.

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