Descubriendo ¿ahora? la despoblación

Para empezar a resolver un problema con implicaciones políticas, lo primero es que se hable de ello, generar un discurso sobre el mismo, que esté presente en medios de comunicación, en el tejido social, en la calle… Parece que el tema de la despoblación de la España interior empieza a atravesar esta fase, lo cual es un buen punto de partida.

Por otro lado, también es bueno que se esté hablando del tema en diferentes comunidades autónomas (Galicia, Castilla y León, Aragón, Castilla-La Mancha…), si bien las situaciones no son comparables en muchas ocasiones; en este sentido, la situación de envejecimiento, despoblación y desarticulación que se vive en la llamada “Serranía Celtibérica” (provincias de Teruel, Soria, Guadalajara, sobre todo) son mucho más graves, por ejemplo (y sin quitarles nada de su seriedad) de las que se viven en la Galicia rural.

Igualmente, es bueno que en su día se debatiese el tema en el Senado; al menos, sirvió para identificar puntos de acuerdo entre los partidos políticos, lo cual es intrínsecamente valioso, de cara a poner en marcha cualquier acción de gobierno.

Porque, hablando de gobierno, ningún gobierno central se dé por aludido con el tema de la despoblación; es más: las comunidades autónomas prefieren mirar a Bruselas para plantear el tema de la despoblación, antes que mirar a Madrid.  Y como la despoblación no es una prioridad ni un problema en el conjunto de la UE, uno se encuentra con un tibio dictamen del Comité de las Regiones sobre “el reto demográfico” (que no sobre la despoblación), que no aporta prácticamente nada nuevo… Y nos tememos que la despoblación vaya a ser, nuevamente, uno de esos temas de los que se habla en campaña electoral, pero luego se olvidan cuando se inicia el ciclo de gobierno.

Y es que se olvida que la despoblación, más que un problema en sí mismo, es el síntoma, el resultado final de un modelo económico y social que tiene sus raíces en el capitalismo industrial, y que se ha visto acelerado de manera escandalosa en la segunda mitad del siglo XX. El vaciamiento de la España interior, especialmente entre los años 1950 a 1970, es un ejemplo claro de la “gran transformación” que con tanta precisión describió Karl Polanyi en su libro del mismo título: cómo el capitalismo y sus características acumulativas se abrieron paso, auspiciados por los gobiernos de turno -y la Dictadura española tuvo mucho, muchísimo que ver-, favoreciendo la concentración geográfica de la riqueza, cuyo epílogo estamos viviendo ahora.

(Nota: el modelo de análisis de Polanyi, y que comparto, es el de mayor potencia explicativa que he encontrado, independientemente del sesgo ideológico que pueda contener; otras visiones o explicaciones -históricas, agroclimáticas, culturales, etc.- soportan en todo caso el entramado principal del análisis; y, si no es así, espero de verdad que los lectores aporten dichos puntos de vista, para enriquecer el debate).

Por eso, aunque en los últimos veinte años hemos vivido una especie de “renacer” de lo rural, en que instrumentos como la iniciativa Leader han mostrado la eficacia del empoderamiento local para generar desarrollo, estas experiencias constituyen, en buena medida, un “canto del cisne” del mundo rural, puesto que el mismo ha sido llevado, en muchos lugares, más allá del punto de “no retorno”. Y mientras persistan las directrices económicas y sociales de orden global que han generado este proceso, y que siguen plenamente operativas, cualquier iniciativa que se ponga en marcha no pasa de ser los “cuidados paliativos” que se aplican al enfermo terminal.  Y es necesario que todos lo sepamos y lo afrontemos, en lugar de engañar o de auto-engañarnos.

De este modo, se echa en falta, por parte de los agentes sociales y de (todos) los partidos políticos, un análisis más en profundidad y una propuesta menos basada en victimismos y lugares comunes, y que vaya más al corazón de las cosas; más imaginación, más innovación y más transversalidad. Uno está ya muy cansado de que se hable siempre de infraestructuras y no se hable del marco legislativo con nefastas consecuencias para el medio rural: en temas como la energía, la dependencia, la PAC, los Programas de Desarrollo Rural (en la parte que le corresponde al Estado), la fiscalidad, o el debate monetario y bancario.  Se trata de hablar menos de turismo rural, y hablar más de las cuestiones centrales en la vida de la gente: la alimentación, la salud, la energía, el transporte, el aire que respiramos y el agua que bebemos…Se trata también de superar el anquilosamiento de estructuras administrativas obsoletas e inadecuadas -aunque dichas estructuras sean de creación muy reciente- para buscar una nueva gobernanza, menos basada en subvenciones clientelares y más en justo pago por los servicios “ocultos” del medio rural…En definitiva, situar el problema de la despoblación en el marco del siglo XXI, y no intentando revivir visiones desarrollistas que caen, como tarde, en los años 70 del siglo pasado.

Es muy probable que ya lleguemos tarde, incluso para la aplicación de un nuevo enfoque. Pero, en  todo caso, siempre será más útil intentarlo, que repetir recetas ya usadas y que han demostrado su incapacidad para revertir o siquiera desacelerar el proceso. Porque, como dijo Einstein, la locura (hay quien traduce “la estupidez”) es “hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”.

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