Industria y (des)población

La crisis del Covid-19 y la penuria de materiales médicos de primera necesidad, que ha habido que traer desde China o India, ha puesto de manifiesto algunas consecuencias graves de la desindustrialización de Europa.  En España, la sucesión de anuncios relacionados con el cierre o deslocalización de industrias (Nissan, Alcoa, Schindler…) muestra también la debilidad de nuestro tejido industrial y su posición periférica en el mundo global, y cómo algunos de los sectores más significativos de la industria española (particularmente, la automoción) son subsidiarios de las decisiones empresariales y financieras y de los desarrollos tecnológicos que tienen lugar fuera de nuestras fronteras.  Contribuye también a la desindustrialización La pérdida de ventajas competitivas tradicionales (como el cambio de moneda, tras la entrada en vigor del euro, o el coste de la mano de obra, en un entorno global donde Europa del este, China o el norte de África tiran a la baja de los salarios).

No vamos a hacer aquí un amplio análisis sobre política industrial; podríamos hablar de las “mittelstand” o del modelo alemán de relaciones laborales, o de la apuesta histórica de Corea del sur por la I+D como forma de buscarse un hueco importante en el panorama industrial mundial, pero no vamos a hacerlo.  Vamos a quedarnos, más modestamente, con el papel que puede jugar la industria en aquello que llamamos “lucha contra la despoblación”.

Juega, de hecho, un papel fundamental.  Como dice mi amigo el profesor Luis A. Sáez, lo que se despuebla son pueblos concretos, y lo que se mantiene con vida son también pueblos concretos, muchas veces porque cuentan con una industria. Los casos son legión: Villafranca del Cid y Marie Claire, La Iglesuela y Maderas Cruz, las industrias químicas de Sabiñánigo, las fábricas de muebles de Igea (La Rioja), la cementera de Morata de Jalón, Embutidos La Hoguera en San Pedro Manrique… A su vez, el cierre de algunas fábricas condena a amplias comarcas rurales: es lo que sucede ahora con Alcoa en la provincia de Lugo (con condiciones objetivas mucho más graves que el cierre de Nissan en Barcelona), el cierre de Puertas Norma en los montes de Soria, o muchos más.

La existencia de una industria pone en marcha un círculo virtuoso: permite a la gente del lugar contar con un salario estable que, unido a lo que se pueda sacar de un sector primario más incierto, permite generar una economía familiar, un proyecto de vida, y la consiguiente generación de servicios, tanto públicos como privados, que a su vez pueden llamar a nuevos pobladores o incluso nuevas industrias. Además, la industria genera también ingresos a los Ayuntamientos, esenciales ante la escasez de las Haciendas locales.

Por todo ello, no es de extrañar que las medidas de industrialización sean un mecanismo habitual de las políticas de desarrollo regional.  Para instalarse en un lugar dado, las industrias cuentan o han contado con toda una pléyade de ayudas: Reindus, Incentivos Regionales, Miner en zonas mineras, Leader, ayudas autonómicas (muchas veces cofinanciadas por fondos europeos)… Sin embargo, da la impresión de que muchas veces no se termina generando un tejido económico suficientemente sólido o resiliente, las crisis suelen golpear con fuerza a estas empresas y territorios, y no son infrecuentes los casos de fraude.  ¿Por qué, y cómo podría resolverse o, al menos, mitigarse?

Para empezar, hay una perniciosa lucha de subvenciones entre municipios, comarcas o comunidades autónomas: en un sitio se ofrece un 50% de ayuda a fondo perdido, en otro un 75%, en uno venden el suelo industrial a 5€/m2., en otro lo regalan…esto es sencillamente inaceptable.  Como lo es la guerra fiscal o el llamado permanente a las bajadas de impuestos. El legítimo interés de los gestores públicos en conseguir que una empresa vaya a su pueblo o su comunidad no puede convertirse en una vil subasta que tira a la baja del valor de lo público y atrae a los especuladores como la miel a las moscas.

En segundo lugar,no hay estrategia, y todo vale.  Hay tal urgencia por atraer empresas que no se tiene en cuenta si se trata de empresarios solventes, con conocimiento del negocio y del sector, o si se trata de aventureros o cazasubvenciones.  No se tiene en cuenta si la empresa saca partido de recursos del territorio o éste es un mero soporte o un “patio trasero” donde instalar industrias sucias que nadie quiere…De este modo, la localización de algunas industrias entra a veces en contradicción con otras apuestas del territorio (como el turismo de naturaleza basado en un medio ambiente de calidad).

Por otra parte, lo público parece limitarse a “inyectar dinero” en las empresas (en ocasiones, mucho dinero), pero se da por bueno que sea el empreario quien gestione la empresa (incluyendo ese dinero público que ha recibido) según su leal saber y entender.  Argumentan algunos que esto es normal y deseable (“quién mejor que el empresario conoce su empresa y su sector”), pero, personalmente y tras haber visto muchos casos, creo que, a partir de determinados volúmenes de inversión pública, no es aceptable “desentenderse” y que el sector público tiene que estar representado en los consejos de administración y tener peso en la toma de decisiones, peso equivalente a la importancia de su aportación. Para ello, está claro que el sector público debe poder contar con profesionales y gestores cualificados, celosos y orgullosos de su trabajo para el bien público, pero conscientes y conocedores de las dinámicas empresariales y lo que éstas implican.

También, a veces se trata de cuidar o “hacer crecer” a quien está en el territorio, pero bien, y me explico.  He conocido no pocos casos de empresas pequeñas que estaban en el territorio, funcionaban bien y eran felices así.  Llegaron los políticos de turno, les calentaron la cabeza y les convencieron de que su producto se vendería por el mundo, que tenían que ampliar su producción y por tanto sus instalaciones, que tendrían dinero para ello…El resultado es empresarios sobrepasados por las necesidades de una gestión mucho más compleja, con notables carencias comerciales o estratégicas, agobiados por las deudas para pagar las naves o máquinas sobredimensionadas…y al final, el cierre y la liquidación de una empresa que antes funcionaba y, por el camino, una buena cantidad de dinero público perdido.

Otras veces, sin embargo, se produce el llamado “efecto de peso muerto”.  Se trata de un fenómeno bastante habitual en el mundo de las subvenciones, y que el propio Tribunal de Cuentas europeo denuncia con frecuencia.  Consiste, básicamente, en dar una subvención a quien no la necesita, y hubiera realizado la inversión de todos modos.  Me lo decía, en mis primeros años en esto del desarrollo local, un pequeño empresario del metal: “necesito unas máquinas, tengo dinero y el banco también me lo presta, porque las cuentas están claras; pero si pido la subvención y me la dan, porque cumplo los requisitos, con ese dinero nos iremos de vacaciones a la playa”.  El discurso fue casi literalmente como lo cuento.  En aquel momento me pareció que aquel empresario era un jeta, pero luego vi que, en realidad, no hacía sino aprovecharse de los huecos de una norma muy laxa, la cual prefería no optimizar el uso del dinero, a cambio de que cualquier idea tuviera financiación, y aunque después la tasa de fracaso fuese elevada.

A su vez, este “financiar a quien no lo necesita” tiene lugar también porque son los que mayor capacidad empresarial y de gestión tienen, y para la Administración son una garantía de que el dinero, al menos, no terminará en una empresa que cierre a los cuatro días…Todo lo cual pone de manifiesto la necesidad de acompañar proyectos muy desde el principio, concebir mecanismos de apoyo económico o técnico flexibles y muy pegados al territorio (hay que salir más, hay que patear más, cuánto valen para ello los agentes de desarrollo local, y qué poco los cuidamos).  Todo ello con objeto de diversificar y ampliar el número de agentes económicos, no tener que fiarlo todo a una “gran inversión” y que los pequeños sean capaces de crecer cuando corresponda (porque en industria, el tamaño sí importa).

No hemos hablado de todo.  Hay más cosas, sin duda.  Y todas hacen falta.  Generar industria local es importante y necesario, pero nadie dijo que fuese fácil.

 

 

 

 

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