El Internet de los aperos

Leía hace unos días una noticia relacionada sobre un encuentro técnico mantenido en Madrid, que decía algo así como “los agricultores deberán aprender el big data” (dicho así, me recuerda aquella viñeta de Perich donde un ejecutivo le decía a su empleado -aspecto gris, apocado, de funcionario decimonónico con manguitos-: “A partir de ahora, Povedilla, haga el favor de ser más competitivo”, a lo que el empleado contestaba con un lacónico y servil “Sí”).  Es decir, por un lado se reconoce cada vez más la importancia y el papel que pueden jugar el Internet de las Cosas en todos los ámbitos de la vida futura, también en el mundo agrario.  Pero por otro lado, parece que estemos enfocando el tema exclusivamente desde el lado de la tecnología, olvidando el imprescindible papel de las personas para sacar el máximo partido de dicha tecnología; igualmente, parecemos contagiarnos del “optimismo tecnológico”, sin pararnos a pensar acerca de cómo la tecnología incide en las relaciones de poder, en las relaciones dentro de la cadena de valor, de una manera o de otra.  Veamos un poco.

Podemos distinguir dos aproximaciones o dos enfoques del tema big data y analytics en el sector agrario:

  • Una visión utilitarista, destinada sobre todo a maximizar la productividad y reducir los costes de la producción agraria y facilitar las transacciones comerciales, de manera análoga a como se está dando en cualquier otra industria.
  • Una visión más sistémica, que analiza las implicaciones que el big data puede tener para el conjunto de la cadena de valor agrario, desde la explotación hasta el consumidor, pasando por la industria y la distribución, y cómo el big data puede modificar la relación entre los actores de la cadena…para bien o para mal.

Simplificando mucho, podríamos decir que la visión utilitarista es la más “optimista”, la que más confía en las expectativas y posibilidades de la tecnología, y está auspiciada -lógicamente- por los desarrolladores y vendedores de soluciones.  Por otro lado, la visión sistémica surge más del análisis académico,  tiene en cuenta más variables, y muestra una imagen más moderada de las expectativas y posibilidades de las tecnologías.

En el trabajo de la explotación agraria, se aprecian al menos los siguientes campos operativos en los cuales el big data y el IoT resultan de utilidad:

  • Optimización de cosechas, mediante datos de previsiones (meteorológicas, composición del suelo y del agua…) para el trabajo en el campo, mediante sensores de todo tipo (en campo o en maquinaria, o cada vez más en drones).
  • Precios: con información de precios en tiempo real y análisis predictivo, permitiría -en teoría- al agricultor defenderse mejor ante las fluctuaciones de precios.
  • Eficiencia en el uso de maquinaria e insumos (fertilizantes, agua, etc…), manejo de plagas y prevención mediante análisis predictivo.
  • Monitorizando y anticipando problemas en el caso de ganadería intensiva, muchas veces mediante aplicaciones sobre smartphones.

Junto a la gran cantidad de datos que puede generar una explotación a través de los sensores (IoT) y al uso generalizado de smartphones para su control, se une el cloud computing como la tecnología donde procesar todo esto. La adecuada conexión en zonas rurales (banda ancha, 5G, satélite) es vital para que estas tendencias se desarrollen.

En el marco de la reforma de la PAC actualmente en marcha, la Comisión Europea (COM(2017) 713 final “El futuro de los alimentos y de la agricultura”) apunta expresamente el uso del big data como herramienta de futuro del sector (Pág. 18), lo que puede interpretarse como un apoyo con medios económicos para este tipo de iniciativas:

Existe una clara necesidad de estimular las inversiones en las explotaciones para (…) implantar nuevas tecnologías y aprovechar las posibilidades digitales como la agricultura de precisión, el uso de grandes datos, y la energía limpia para mejorar la sostenibilidad de las explotaciones agrícolas individuales, la competitividad y la resiliencia.

Finalmente, en el caso español, hay avances muy recientes, a través de un Grupo de trabajo promovido por el Ministerio de Agricultura y la Red Rural Nacional.  Dicho Grupo empezó sus trabajos en noviembre de 2017 y está en plena tarea.  Su primer informe preliminar muestra de una manera muy gráfica los retos del sector ante los cuales estas tecnologías pueden ofrecer una respuesta, las oportunidades que se abren, las barreras existentes y los incentivos que pueden aplicarse para su generalización; concretamente, ha identificado los siguientes retos:

  • Vigilancia, detección precoz de enfermedades fito/zoosanitarias, redes de alerta temprana, tratamiento de plagas y enfermedades.
  • Reparto equitativo del valor añadido a lo largo de la cadena.
  • Gestión de la Política Agrícola Común (PAC).

No obstante, el mismo GT ha identificado una serie de barreras (técnicas, legales, formativas y económicas) para la adopción de estas tecnologías por parte de los agricultores y ganaderos (en España, mayoritariamente familiares y con explotaciones medianas-pequeñas).

Creo que el trabajo de este Grupo responde a la necesidad de alinear adecuadamente las perspectivas tecnológicas con las necesidades y retos a los que se enfrenta el medio rural. Sin embargo, sería interesante disponer de estudios comparados por países o por realidades agronómicas: buena parte de las experiencias que se relatan se refieren a explotaciones de USA, con muy poca mano de obra y enormes -enormes- extensiones de tierra, que no se corresponden con la realidad de la agricultura europea, por ejemplo.                             

Las tendencias de las políticas públicas se orientarían por tanto hacia la eliminación de estas barreras. En el caso de Europa, los Programas de Desarrollo Rural a implementar en el marco de la nueva reforma de la PAC ayudarán económicamente a estos procesos formativos, sobre todo (además de a las propias inversiones). 

El factor fundamental en el marco de las pequeñas explotaciones agrarias (léase pymes) es la formación: se requiere mucha formación de base para saber qué datos hacen falta, cómo combinarlos con el conocimiento tradicional pero no menos válido, y cómo explotarlos adecuadamente para unos mejores resultados agronómicos y optimizar la viabilidad de la explotación. No obstante, en el marco del relevo generacional, asistimos a una nueva generación de agricultores y ganaderos jóvenes, muchas veces con formación universitaria en ingeniería agrónoma o disciplinas conexas, y acostumbrados al uso de las TIC.  Todo ello abre un horizonte interesante de aplicación de herramientas de datos masivos y su análisis.

Dentro de las tendencias que se están dando, los analistas prevén una modificación de las relaciones entre los actores de la cadena de valor agroalimentaria, que podría dar lugar a dos escenarios extremos (y un continuum entre ellos):

  1. Sistemas cerrados, de carácter propietario, donde el agricultor no es más que un eslabón de una cadena altamente integrada verticalmente.
  2. Sistemas abiertos y colaborativos donde el agricultor tiene flexibilidad y opción de elegir partners en cada una de las etapas de su proceso empresarial.

El desarrollo de infraestructuras y datos abiertos, y el mayor o menor compromiso público, jugarán un papel decisivo en el peso de cada uno de estos escenarios.

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