Amenazas silenciosas

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En este blog, hablamos a menudo sobre despoblación, sobre medio rural, sobre cohesión territorial; al hablar de estos temas -como de tantos otros-, tendemos a considerar que los escenarios en los que suceden los acontecimientos y se toman las decisiones son relativamente estables, y no tenemos en cuenta elementos o amenazas que existen y que pueden tener una influencia decisiva en nuestro futuro. Si acaso, es el cambio climático el factor que más se suele considerar, pero hay más. En esta ocasión, proponemos a los lectores compartir inquietudes acerca de dos factores preocupantes y poco conocidos, con incidencia en el mundo rural y en nuestra vida: las abejas, y el fósforo.

abejasMillones de abejas están desapareciendo en todo el mundo, en un fenómeno conocido como el “desabejamiento de colmenas”. No está claro por qué se produce: para algunos, es consecuencia de parásitos que se transmiten rápidamente en este mundo global (como es el caso de la peste porcina o la gripe aviar, o de miles de Especies Exóticas Invasoras); para otros, es el cambio climático -que cambia las floraciones, que favorece la presencia de otros parásitos, etc.-, para otros el uso de insecticidas de tipo neonicotinoide -cuya regulación es fruto de una constante lucha de “lobbies” en el seno de la UE, por ejemplo-.  Otras hipótesis más paranoides barajan incluso el complot internacional, el uso de señales desde satélites para desorientar a las abejas, etc.

La UE es también consciente del problema, y desde la Comisión se puso en marcha la iniciativa EPILOBEE, para monitorizar la mortalidad de las abejas en la Unión. Los diferentes sectores (apicultores, científicos, ecologistas,…) muestran su preocupación; ¿por qué?  Muy sencillo: se estima que las abejas contribuyen a la polinización del 80% de los cultivos y de las plantas silvestres de Europa y, como dicen que dijo Einstein: “Si la abeja desapareciera de la Tierra, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres». En términos tal vez menos dramáticos, pero sí enormemente prácticos, los servicios que prestan las abejas y otros polinizadores a la agricultura europea están valorados en unos 22.000 millones de euros al año…

Las abejas no tienen sustituto posible. Y son esenciales para la vida sobre la Tierra.  ¿Qué pasaría si desapareciesen a corto plazo? ¿Qué gravísimas consecuencias sobre la biodiversidad y sobre nuestra propia capacidad de alimentarnos?  A escala más reducida, las consecuencias sociales se sienten ya en zonas rurales donde precisamente la apicultura es un recurso de importancia (por ejemplo, amplias zonas del interior de la Península Ibérica).  Por ello, hay que tomarse muy en serio el asunto y es imprescindible investigar a fondo, adoptar principios precautorios en el uso de insecticidas y otros productos, pero también, ser conscientes cómo puede afectar el actual modelo de manejo de las abejas: mucho estrés y traslados de colmenas -en ocasiones de cientos de kilómetros- para “mejorar” su productividad o para atender las necesidades de polinización de cultivos.

Por su parte, el fósforo es un elemento químico esencial en la Tierra; al igual que el nitrógeno y el potasio, es un nutriente que las plantas absorben del suelo y resulta imprescindible para la fotosíntesis y otros procesos químico-fisiológicos. Actualmente, la mayoría de las explotaciones agrícolas del mundo dependen de los fertilizantes derivados de minerales inorgánicos.

Mientras que los nitratos pueden obtenerse industrialmente a través de la síntesis Haber-Bosch, y el cloruro potásico es una sustancia muy abundante tanto en salares como en el mar, la roca fosfática es muy poco abundante: a la velocidad de su consumo actual, y a partir de las reservas probadas, se espera el pico de producción hacia 2030-2040. La roca fosfática, por lo tanto, constituye uno de los elementos esenciales para el futuro desarrollo de la agricultura y la producción futura de alimentos.

portada_fosforo

Cito a continuación a Antonio Valero, maestro y amigo: “El problema se agrava con la localización geoestratégica de las principales minas en el mundo: cuatro países poseen más del 85 % de todas las reservas probadas de mena fosfática, así en el Sáhara Occidental existiría el 35,5 % de las reservas mundiales, en China el 23,7 % (…) Esta situación puede explicar muchos conflictos potenciales y futuros. (…) la demanda mundial de fosfatos para la alimentación y usos humanos no podrá suplirse si no hay drásticos cambios en las tecnologías de reciclado, en las de fertilización, en la eficiencia de la cadena de uso y en el cambio de dieta. El fósforo es posiblemente el elemento químico que más preocupa de todos los necesarios para mantener nuestro desarrollo tecnológico. Porque mientras hay sustitutos para los combustibles fósiles que se agotan, las plantas y los seres vivos no admiten otro elemento alternativo como sustituto. En otras palabras, la cantidad de biomasa que el planeta puede producir está limitada por los recursos del planeta y nuestra capacidad de reciclado. Lamentablemente, miles de toneladas de detergentes que utilizan fosfatos para blanquear la ropa, así como los fertilizantes no utilizados terminan en los ríos a los que eutrofizan y, finalmente, en el mar, donde es imposible su reciclado.

Si la producción y consumo de fósforo pueden jugar un papel vital en los próximos decenios, podemos preguntarnos qué pasaría en las zonas rurales; aquellas más dependientes de los fertilizantes para mantener sus producciones pueden verse abocadas al colapso económico y social, con las consiguientes oleadas migratorias; grandes zonas del mundo que apenas mantienen una mínima productividad gracias a estos fertilizantes, pueden ver aparecer el espectro del hambre, sufrirán la emigración, o habrán de reinventarse tal vez hacia cultivos mejor adaptados a la pobreza de los suelos; en cambio, territorios donde se practica más una agricultura y ganadería más extensivas, e incluso ecológicas, con menor o nula dependencia de estos fertilizantes, pueden revitalizarse o, al menos, reequilibrar su situación; obviamente, los procesos de economía circular no son en este caso una oportunidad, sino una exigencia: eliminar el uso de fosfatos en detergentes, racionalizar de manera taxativa el uso de fertilizantes, etc., son necesidades ineludibles.

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