Clima y futuro

Hace unos días, el 27 de septiembre, se convocó una “huelga mundial por el clima”, término pretencioso para designar una jornada de protestas y manifestaciones, protagonizadas fundamentalmente por estudiantes y por personas “privilegiadas” de nuestra sociedad.  La emergencia climática existe, el problema está afectando a cada vez más capas de la población y más territorios, pero sigue siendo sobre todo una preocupación “burguesa”.  Quienes tienen (tenemos) todas nuestras necesidades básicas cubiertas (alimentos, vestido, seguridad física, educación, salud…) nos preocupamos ahora acerca de esta cuestión del clima.  La inmensa mayoría de la población mundial, aunque tal vez esté afectada de manera directa por el proceso del cambio climático (que puede que mate a sus hijos o los mate a ellos mismos pasado mañana), tiene que preocuparse de no morir hoy (de hambre, sed, de disentería o en una guerra), y no se va a morir hoy mismo porque el clima esté cambiando…

Lamento el tono un tanto escéptico, pero es que cada vez tengo más esa percepción.  La neutralidad climática, o las emisiones cero, o conceptos parecidos, son planteamientos que gozan de cierto consenso social solamente entre ciertas capas de población de Europa occidental: ni en Europa oriental (aunque forme parte de la UE), ni en China ni en India, ni en los Estados Unidos de Trump ni en el Brasil de Bolsonaro…  La UE lleva camino de reducir un 40% sus emisiones de CO2, que su vez representan el 9% de las emisiones mundiales, lo que quiere decir que el esfuerzo europeo permitirá reducir un 3,6% dichas emisiones mundiales… El mismo día en que tuvo lugar esa “huelga por el clima” se celebraba (triste ironía) el Día Mundial del Turismo, que cada vez manda más personas por el mundo entero, en aviones y barcos que consumen millones de litros de combustible, urbanizan kilómetros de costa, e inundan destinos y poblaciones locales con miríadas de visitantes alóctonos que invaden los ecosistemas y las sociedades receptoras.

En nuestro medio rural, pasa un poco lo mismo.  Se sienten claramente los efectos del cambio climático: periodos de calor cada vez más largos y más intensos, sequías prolongadas, mayor frecuencia de los episodios catastróficos (inundaciones, gotas frías, pedriscos…), mayor presencia de especies exóticas invasoras, o simplemente mayor proliferación de plagas que siempre habían estado allí…Pero, al mismo tiempo, el modelo productivo vigente en gran parte del medio rural tiene un gran impacto sobre el clima: una agricultura basada en el uso intensivo de derivados del petróleo (gasoil o fertilizantes), hasta el punto de tener un balance energético negativo: se emplea más energía en producir una tonelada de cereal, por ejemplo, que la propia energía que contiene dicho cereal).  Un sector porcino -y en general, una ganadería intensiva-, con unas emisiones altísimas de metano, y con una huella de carbono brutal derivada del circuito de sus insumos (soja de Sudamérica o de Australia para piensos) y de su producto terminado (hacia la UE, o hacia China, por ejemplo). Todo este modelo, además, está generosamente financiado a través de la PAC, que a su vez se lleva la mayor parte del presupuesto de la UE.

Paradójicamente, las actividades que más podrían contribuir a fijar carbono y luchar contra el cambio climático (ganadería extensiva, silvicultura, agricultura biológica…) sufren un serio abandono, o una ralentización de su desarrollo. No pueden “competir” en una lógica de mercado, no encuentran un marco legal adecuado para el desarrollo de nuevas iniciativas o la incorporación de jóvenes.  Las ayudas de la UE para estos ámbitos han de ser cofinanciadas por los Estados Miembros y por los propios interesados (mientras las ayudas que mantienen el business as usual están financiadas al 100% desde Bruselas).  Incluso la percepción social de estas actividades deja que desear (poca gente parece querer dedicarse al pastoreo, o al trabajo en el monte).

Lucha contra la despoblación y lucha contra el cambio climático han de ir de la mano.  El modelo productivo vigente -globalizador, energívoro y emisor de GEI-, provoca también excedente de mano de obra, incapacidad de sobrevivir a las pequeñas explotaciones agrarias, y por tanto cierre de las mismas, emigración y despoblación.  Por el contrario, un modelo basado en productos de calidad, circuitos cortos de comercialización, o pago por servicios ambientales (entre otras cosas), es un modelo más intensivo en mano de obra, susceptible de generar ingresos más estables a los habitantes del medio rural y reforzar su papel social.  Mal iremos si la idea continúa siendo la de “combatir” la despoblación aplicando modelos productivos que vienen de las primeras revoluciones industriales, que implican una destrucción explícita de la naturaleza y que muestran cada vez más sus límites.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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