Desnudando la despoblación

120829-teruel2Esta semana se ha hablado en Teruel sobre despoblación.   No es la primera vez ni será la última.  En esta ocasión, se habló con motivo del curso “Temas pendientes sobre despoblación”, organizado por la Universidad de Verano de Teruel, y dirigido con cariño y acierto por el profesor Luis Antonio Sáez, de la Facultad de CC. Económicas de la Universidad de Zaragoza.

Sólo pude asistir un día, seguro que me perdí muchas e interesantes aportaciones, y por fuerza mi visión ha de ser sesgada.  No pretendo recoger aquí una imagen fiel de lo debatido durante el curso, sino simplemente poner en común algunas ideas que escuché, otras que expuse, y algunas impresiones e ideas que me surgen de todo ello.

Para empezar, y pese a lo que van diciendo algunos responsables políticos, la despoblación sigue siendo un problema invisible, no sólo en  Bruselas o en Madrid (entendidos como instancias de decisión política), sino sobre todo en la conciencia social de la ciudadanía europea, y especialmente española.  Puede que a la gente le suene aquello de “Teruel existe”, pero nadie entiende realmente qué significa eso.  Igualmente, puede que un Consejero del gobierno de Aragón considere un “triunfo” el que la despoblación se nombre en un par de líneas de un Dictamen de un órgano meramente consultivo como el Comité de las Regiones.  Pero no cabe engañarse, ni engañar: la despoblación no está en el debate, ni lo va a estar probablemente.

Si no está en el debate, menos aún va a estar en el presupuesto: vamos a asistir en el futuro a una contracción de los Fondos Estructurales europeos, claramente orientados hacia el Este de Europa, y a cubrir los problemas de seguridad geopolítica; además, el Brexit y la crisis institucional de la UE abren un escenario de incertidumbre, acerca del futuro de las políticas europeas en su conjunto.  Por otra parte, la falta de política regional en España (consecuencia de una dejación de funciones del Estado hacia arriba -Bruselas- y hacia abajo -Comunidades Autónomas), impide resolver los problemas que se dan a una escala supraregional, como es la situación de la “Serranía Celtibérica”, tan bien caracterizada por el profesor Paco Burillo y sus colaboradores.

De todas maneras, cabe preguntarse: fondos, ¿para qué, concretamente?  Y aquí la falta de respuesta es palmaria: ¿para más carreteras? ¿para más obras y ladrillo? ¿para “lo mismo de siempre”?  La Comisión Europea se hace la mismas preguntas; es más, se pregunta qué hemos hecho -o dejado de hacer- para que, después de 30 años de entrada masiva de fondos estructurales en España y en sus regiones, dichos problemas estructurales (diferencias de renta o de empleo entre regiones,  despoblación, dinámicas centro-periferia…) sigan presentes e incluso reforzados.  No es la mejor carta de presentación, para seguir pidiendo fondos.

Al hilo de esto, hay que continuar preguntándose: ¿es la despoblación un problema? Y si lo es, ¿es un problema “de dinero”?  Por mi parte, señalé en mis intervenciones, y he sostenido en este blog, que la despoblación es el síntoma de un proceso inherente a la dinámica de acumulación capitalista, que ha traspasado el punto de “no retorno” y que, dentro de dicho sistema, las políticas de “despoblación ” solamente pueden aspirar a aplicar “cuidados paliativos”.  Y para saber si esos cuidados o políticas tienen éxito o no, habremos de tener caracterizado y cuantificado el objetivo: ¿cuándo consideraremos que damos por “solucionado el problema”?  ¿cuando en 2030 la provincia de Teruel mantenga los mismos habitantes que en 2016? ¿cuando mantenga el mismo número de núcleos habitados? ¿cuando hayamos vuelto al volumen de población de 1900, o 1950…? Sólo con una definición precisa de los objetivos a alcanzar, podremos establecer estrategias y acciones, y saber si los fondos y recursos que se siguen aplicando tienen éxito y son eficientes.

Estoy seguro de que la despoblación no es una cuestión de dinero.  Más bien el dinero es una excusa.  Y me explicaré con una analogía: precisamente en algunas sesiones de coaching que se realizaron en 2015, en el transcurso de un proyecto para fomentar el emprendimiento femenino en Teruel (y en las que tuve ocasión de participar), los coach se referían al dinero como un “dragón”: un monstruo más o menos legendario, que en realidad no existe, pero que las personas invocamos para no hacer frente a los problemas y a las barreras que están dentro de uno mismo.  Uno siempre puede pedir dinero a “Madrid” o a “Bruselas” y alegar, en plan victimista, que no se le hace caso; es una posición cómoda, que evita buscar “hacia adentro” verdades más incómodas.

Esto por un lado; por otro lado, si nos centramos en el concepto de “capital territorial”, vemos que éste se compone de capital físico (infraestructuras, recursos naturales), servicios (servicios públicos o privados), y estructuras de gobernanza.  Los dos primeros están razonablemente bien dotados en Teruel (aunque, obviamente haya margen para la mejora).  El verdadero cuello de botella está en las estructuras de gobernanza:  éste es el verdadero “dragón” al que no nos queremos enfrentar.

Un ejemplo lo ilustra.  Precisamente al hilo del curso sobre despoblación, se reunió en Teruel la Comisión de Pequeños Municipios y sobre despoblación de la Federación Aragonesa de Municipios.  Los miembros de dicha Comisión no asistieron al Curso (no se “formaron” más, no escucharon otras visiones…) pero sí deciden y gestionan: alcaldes, concejales,  consejeros…siempre más o menos los mismos nombres, gestionando siempre más o menos las mismas instituciones.  Desde un punto de vista más científico, el profesor Pascual Rubio lo indicó en su ponencia: “el vaciado poblacional de los años 60 produjo un deterioro de las estructuras de adaptación, es decir, un colapso de los mecanismos de estabilidad social, cultural, económica y ambiental“.  Y con este mecanismo colapsado, pretendemos poner en marcha un nuevo modelo de desarrollo: es como si con un coche viejo y gripado pretendemos, no ya ganar una carrera, sino simplemente seguir en la misma: tarea inútil.

Por tanto, hay que cambiar las estructuras de decisión, la forma en que se construye el pensamiento colectivo y, sobre ese pensamiento, se toman las decisiones.  Para ello, quizás un primer paso sea dibujar el “mapa de actores” para la provincia de Teruel.  Esta herramienta, muy útil en los procesos participativos de resolución de conflictos,  permite saber quién es quién, quién manda -en este caso, en la provincia-, y cómo se articulan los mecanismos de mando.  No necesariamente “manda” el que gobierna o preside: algunos empresarios, financieros, periodistas o terratenientes pueden estar jugando un papel muy significativo.  El “mapa de actores” permite igualmente saber cuáles son los mecanismos de construcción de las “verdades sociales” y del “sentido común imperante”, y cómo dichos mecanismos permiten perpetuar el statu quo y alargar sine die la resolución de problemas…para lo cual se construye un amplio catálogo de excusas que se convierten en verdad asumida por todos, y que sitúa la responsabilidad fuera del territorio, o en manos de colectivos o personas “de dentro”, pero con menor peso en la construcción de la verdad social (“cabezas de turco”).

Los primeros programas Leader constituyeron sin duda el mayor logro de dinamización del medio rural en los últimos 50 años, y lo hicieron con una dotación financiera irrisoria.  La razón de su éxito radicó en una nueva forma de toma de decisiones, un enfoque ascendente (“bottom-up”)  que daba  protagonismo directo a la ciudadanía local; a lo largo de los años, este procedimiento inicial y de éxito ha sido abandonado y pervertido para convertirse en una ventanilla más del gobierno de Aragón, en relación directa con la falta de capacidad de dinamización de los territorios. De igual modo, las Comarcas aragonesas (legisladas, financiadas y tuteladas desde el Gobierno de Aragón) no han hecho sino reproducir este enfoque descendente. Dos ejemplos de cuestiones que han de cambiarse, de un modo u otro, para que la “despoblación” pueda al menos paliarse; pero eso implica remover conciencias, intereses, status,…y eso es mucho más difícil que quejarse de que “en Bruselas o Madrid no nos quieren”.

 

 

 

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