Oportunidades de desarrollo en áreas rurales europeas

Éste es el título de un más que interesante estudio realizado bajo el paraguas de ESPON, la Unidad de Prospectiva y Análisis de la DG de Política Regional y Urbana de la Comisión Europea, cuyas actividades han sido objeto de diversas entradas en nuestro blog. En esta ocasión, queremos compartir con los lectores algunas de las ideas principales de este estudio (EDORA, por sus siglas en inglés), que puede contribuir a un enfoque más amplio y actualizado de las políticas de desarrollo local.

El estudio parte de una constatación que a veces se olvida, de puro perogrullesca: las áreas rurales son muy distintas entre sí, y lo son por tanto las oportunidades de desarrollo que pueden explotarse (no valen generalizaciones “a la ligera”), y – esto ya no es tan evidente- el modo en que puedan aprovecharse dichas oportunidades depende en gran medida de la interacción entre lo rural y lo urbano.

El estudio muestra al menos cinco procesos que tienen lugar de manera simultánea en los territorios rurales de los países de la OCDE, cuya interacción genera una muy amplia casuística:

  1. Proceso económico: caracterizado por la diversificación desde el sector primario hacia el industrial y terciario (la “Nueva Economía Rural”); la “contra-urbanización”, la conversión del paisaje y el entorno natural en bienes de consumo normalizados (“commodification”, consumo de “medio rural”) cuya expresión más clara sería el turismo rural;       un cambio del propio sector primario, polarizado entre explotaciones intensivas, globales, altamente mecanizadas, y explotaciones de pequeña escala, muchas veces a tiempo parcial, y multifuncionales.
  2. Proceso social: caracterizado por la migración, que adquiere diversas formas: el “éxodo rural” tradicional, la marcha desde regiones pobres a regiones “ricas”, y los “neo-rurales”. Unido a esta migración compleja está el envejecimiento       de la población, que agudiza más el agotamiento de algunos territorios. Junto a todo ello, la profundidad y la forma de provisión de los servicios de interés general (educación, sanidad, dependencia) son centrales para generar con todo lo anterior un círculo vicioso o virtuoso.
  3. Proceso político: vivimos lo que cabe denominar el “Estado-proyecto”: ampliación del hecho regional, vaciamiento del Estado del Bienestar, creciente importancia del tercer sector, uso de proyectos con plazo fijo como forma de implementar la acción del Estado en las áreas rurales…pero una enorme dificultad para cambiar la capacidad institucional, el “modus operandi” de las Administraciones y de la sociedad civil, que muestran una alta inercia en su comportamiento, que no puede cambiarse, sólo, con proyectos y programas “externos”, más o menos voluntaristas.
  4. Proceso ambiental: caracterizado por un cambio climático que genera mayor vulnerabilidad en las áreas del sur de Europa (dificultando la dedicación agraria, o poniendo en entredicho, por ejemplo, las inversiones en estaciones de esquí, cuando cada vez nieva menos…).
  5. Proceso rural-urbano: que ha sido objeto de debate también en nuestro blog; EDORA recuerda que las interacciones rural-urbano pueden tener lugar, no necesariamente entre zonas adyacentes o próximas, sino entre zonas alejadas, rompiendo la dinámica del espacio euclidiano, y poniendo en entredicho determinadas infraestructuras destinadas a “cubrir” dicho espacio (por ejemplo, ¿está más “unido” el Maestrazgo de Teruel a Zaragoza, que es la capital de la región, o a Barcelona, que está en otra Comunidad, pero donde viven cientos  de “hijos del Maestrazgo” que regresan en verano a sus pueblos de origen…?). Es lo que se ha llamado “alcance relacional”, o “espacio organizacional”.

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Como consecuencia de la interacción entre las diferentes categorías de los procesos mencionados, se construyen una serie de “tipologías rurales”, en función de tres criterios:

  1. Accesibilidad/ruralidad, que nos lleva a hablar de regiones accesibles o remotas, más o menos rurales.
  2. Reestructuración económica, que nos lleva a hablar de regiones agrarias, regiones de “consumo de paisaje” (turismo), y diversificadas (con mayor o menor protagonismo de los sectores industrial o terciario).
  3. Dinamismo, que establece un abanico que va desde regiones “de acumulación” a regiones “en agotamiento”.

La resultante “lista de regiones rurales” es muy amplia, facilitando un diagnóstico más preciso y la asignación también más precisa de prioridades y recursos, pero, en definitiva, se concluye que los territorios rurales responden de manera muy diversa a los retos del mundo global en que vivimos, y que la variedad de respuestas depende más de factores “soft” (capacidad institucional, estilos y estructura de gobernanza, capital “social”, formación…) que de factores “hard” (infraestructuras, equipamientos, o recursos naturales).  Por tanto, las políticas de desarrollo rural deberían ser más territoriales que sectoriales, no emanar únicamente del Departamento o Ministerio de Agricultura, sino ser más transversales; profundizar en la participación ciudadana (no en su mera cooptación), ampliar la visión de red que trasciende las fronteras administrativas y los roles institucionales y sociales, y ser capaces de definir estrategias de desarrollo rural “personalizadas” para las diferentes categorías de territorios.

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