Hoy es 9 de mayo

Hoy es 9 de mayo, día de Europa. No es un día festivo, y la mayor parte de la gente sigue a sus quehaceres, ignorando que sea el día de Europa y, en caso de saberlo, ignorando por qué motivo se celebra.  Yo mismo, durante un tiempo, pensé que tenía que ver con el fin de la Segunda Guerra Mundial (la Alemania nazi se rindió el 7 de mayo de 1945), pero tampoco era eso.

 No les voy a desvelar el motivo de la efeméride, pero sí quiero comentar un poco, al estilo de Presuntos Implicados, “Cómo hemos cambiado”.  Recuerdo que mis primeros “Días de Europa” conocidos tuvieron lugar en un Grupo de Acción Local, tal vez el mejor de Europa en aquel momento, y la idea de Europa que promovíamos, y en la que creíamos, era una idea de modernidad, de libertad y democracia, de dinero y prosperidad…Todos queríamos ser europeos, tanto las generaciones que habían vivido tiempos de aislamiento y oscuridad en España, como quienes, sin haberlos vivido tan directamente, compartíamos esa sensación de apertura que nos daba Europa, la CEE o incluso “el Mercado Común”, que todavía se decía entonces.

He hablado de un Grupo de Acción Local, y es que entonces, también había ideas para el campo, en forma de los primeros programas de desarrollo rural: es verdad que la PAC había levantado ampollas desde sus inicios, que muchos pensaban que se había cedido demasiado durante las negociaciones de adhesión de España, que se vendieron sectores económicos enteros para “entrar en Europa”.  Hay mucho de cierto en esto, como es cierto que la PAC ha ido variando, en la misma línea en que han variado los modelos políticos europeos y mundiales: de una PAC intervencionista, vinculada a una clara idea de economía social de mercado y de “modelo social europeo”, se ha ido pasando a una PAC que ha abandonado todo mecanismo de regulación de mercados y se ha convertido en una pata más del paradigma dominante de la globalización.  Es un ejemplo.

Parafraseando a Vargas Llosa (“¿En qué momento se jodió el Perú, Zavalita?”), podríamos preguntarnos en qué momento esa Europa asociada a libertad, prosperidad, democracia y bienestar, empezó a joderse.  Sin embargo, la vorágine del día a día y la dictadura de la última noticia nos impiden ver las cosas con la suficiente perspectiva y, sobre todo, hilarlas para construir un relato que nos explique cómo hemos llegado hasta aquí.  No voy a trazar dicho relato de manera exhaustiva, pero sí es importante recordar algunos hitos.

La Unión Monetaria consagrada en el Tratado de Maastricht (1992) fue un primer hito: una unión basada en las fórmulas monetarias alemanas, pensada más bien para permitir a la Alemania recién reunificada consolidar su posición en Europa, pero carente del resto las piezas necesarias para una correcta gobernanza económica: un presupuesto común, una armonización fiscal y el respeto a un determinado modelo social (todo ello, por cierto, ya defendido en 1970 en el Informe Werner, primer ministro luxemburgués, nada sospechoso de radicalismo o izquierdismo).  La crisis económica de 2008 puso de manifiesto las contradicciones de esta Unión Monetaria, y el trato dado a Grecia, al conjunto de llamados despectivamente PIGS (Portugal, Italia, Grecia, España) fue un claro ejemplo de esta situación: Alemania se financiaba a tipo de interés negativo, mientras estos países sufrían el acoso de los “mercados”, veían su deuda soberana reducida a “bonos basura”, y el paro y la precariedad y la desigualdad avanzaban de manera galopante…

De otra parte, el 11-S marcó un antes y un después en las relaciones internacionales; el ciclo se completó con los sucesivos ataques terroristas (Madrid, Londres, París, Bruselas…); como en “La máscara de la muerte roja”, el cuento de Edgar Allan Poe, los europeos que creían vivir seguros detrás de los muros de su “Europa fortaleza” conocieron el terror en su propia casa, y el miedo al distinto se apoderó de las mentalidades, y las crisis migratorias han llevado a muchos ciudadanos europeos a buscar culpables en los que son aún más débiles.  Además, creo que es importante, la entrada en bloque de los países de Europa del Este supuso la entrada de un grupo de países con graves dificultades estructurales y con fuertes resabios autoritarios -cuando no abiertamente xenófobos-, entre sus políticos y una buena parte de su población, que han terminado, velis nolis, permeando al conjunto de las instituciones europeas.

Esta evolución es patente, y puedo atestiguarlo: he sido en dos ocasiones candidato a las elecciones europeas; en aquellos momentos (2004, 2009), y pese a que ya se percibían síntomas de crisis del modelo económico y de convivencia, la Unión Europea era todavía un elemento, no ya positivo, sino consustancial de nuestras vidas y, en una región como Aragón, los debates “europeos” entre candidatos, por ejemplo, se centraban en la manera de conseguir más “fondos europeos”: se hablaba del Objetivo 1, del FEDER, de infraestructuras, de tecnologías y de ayudas europeas para empresas, y muy poco de déficit democrático o del euro, o de gobernanza…Hoy en día, y aunque estas cuestiones no se han abandonado totalmente (ahí está la financiación de lucha contra la despoblación), el debate ha derivado hacia cuestiones más centrales, que ponen en cuestión el fundamento mismo del proyecto europeo: la renacionalización de las políticas (como el modelo de los Planes estratégicos nacionales propuestos en la nueva PAC), la reducción de los fondos para la Cohesión y su sustitución en fondos para armar y fortalecer la “seguridad” europea, la propia esencia de la moneda única o, directamente, la salida de la Unión, como es el caso del Bréxit (y ojo, que yo he visto ya en Francia -¡¡en Francia!!- llamamientos al “Fréxit”, al calor de las revueltas de los “chalecos amarillos”).

…Y el debate está cada vez más copado por posiciones entre neofascistas y tribales, demasiadas veces escuchadas o asumidas o “comprendidas” por personas que se autodenominan progresistas o de izquierdas.

Hay razones para el cabreo: el trabajador que ve cómo su empleo y su salario se devalúan, el parado de larga duración, el agricultor que no puede cubrir sus gastos mientras se traen melones o cereales de Brasil o de África, tienen motivos para estar enfadados y para pensar que la Unión Europea no es parte de la solución, sino del problema.  Igualmente, el énfasis financiero y monetarista de la actual Unión Europea ha desilusionado a mucha gente, y ha conseguido “no crear” ningún sentimiento de pertenencia a un proyecto común (siempre recuerdo que, después de tantos y tantos millones gastados, ha sido el modestísimo programa Erasmus -una gota de agua en el mar de dinero comunitario-, el que más ha contribuido a construir sentimiento de pertenencia y ciudadanía europea…).

Pero también hay que recordar que la práctica totalidad de la legislación que protege nuestro medio ambiente (agua, aire, biodiversidad…) proviene de la Unión Europea, como el 60% de la normativa laboral que protege a los trabajadores británicos -protección que pueden perder ahora tras el bréxit-, o que España ha recibido en sus más de 30 años de pertenencia al club comunitario Fondos estructurales y de Cohesión por un importe tres veces superior al Plan Marshall que recibió Europa tras la Segunda guerra mundial, transformando y modernizando nuestro país de un modo mucho más profundo de lo que imaginamos…Y nada nos garantiza que la vuelta a una Europa de Estados nacionales -que ya fracasó en el caos de las dos guerras mundiales- vaya a ser capaz de traer más prosperidad o más democracia (¿acaso no hay potentes lobbies nacionales?); más bien, constituyen una herramienta muy limitada si lo que se pretende es contrapesar los efectos perniciosos de la globalización, que va seguir estando y, valga la redundancia, va a seguir siendo global.

El proyecto europeo debe repensarse profundamente.  Con una nueva gobernanza del euro, con armonización fiscal, con una profunda reforma de todas sus instituciones, con más democracia y menos hipocresía, pero también con una mayor responsabilidad de los ciudadanos europeos, los cuales no pueden seguir pensando que el Parlamento Europeo -que será elegido el próximo día 26- es una especie de circo sin atribuciones, al que se puede enviar cualquier payaso machista o xenófobo, o cualquier “elefante jubilado”, a decidir y legislar sobre el futuro de 500 millones de personas…No es mediante el cabreo absurdo como mejoraremos Europa, sino, entre otras muchas cosas, mediante el ejercicio responsable de nuestros derechos y deberes democráticos.

 

 

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